#SeLlamaDislexia es la etiqueta que creó la Plataforma Dislexia 21Enero. Navegando por la red conseguí un artículo sobre la enseñanza de idiomas a niños con dislexia, y vi el mapa de las características o indicadores de esta condición que padecen muchas personas en el mundo y han logrado sobrellevar con éxito.  Perdón, que padecemos y hemos logrado: primera persona en plural. Aunque tal vez no se detalla muy bien la imagen, es un mapa bastante explícito de lo que significa la dislexia y todas las aristas que toca. Son características observables y medibles en nuestros hijos y estudiantes, indicadores que nos pueden dar pistas para atacar pronto esta alteración del lenguaje.

 

Crecí pensando que mi edad, mi inmadurez biológica era la causa de muchas faltas en el lenguaje. Era de las más pequeñas de mi salón y siempre me sentí en desventaja frente a otros. Siempre tuve que esforzarme más que el resto, y en el lenguaje al doble porque mi mamá era mi maestra y no podía fallarle. Aún así fue fantástico porque ella era muy creativa y a través del juego nos adentraba en el mundo del lenguaje. Aprendí sin notarlo pero las lagunas en ciertos aspectos permanecían.

 

 

Mi historia dice que a los 6 años, cuando empecé a escribir, lo hacía en espejo. No lograba entender ese mundo raro del reloj, ni mucho menos el de la lateralidad (si no hubiese sido por una quemadura en mi brazo derecho quizá todavía estuviese sufriendo) Era pésima en ortografía, especialmente con las tildes, confundía fonemas (cato-gato), fui muy lenta copiando, no tenía (ni tengo) muy buena memoria inmediata, leía y releía (y aún releo) un texto varias veces, se me perdían las palabras (y se me siguen perdiendo) en el torbellino de cosas que tengo en mente. Era capaz de crear un nuevo léxico con expresiones como “mermeguaya de guamela” para denominar a la mermelada de guayaba, o (haciendo una confesión pública) entender muy tarde que eso que decía el Chapulín Colorado: “Que no panda el cúnico” estaba mal dicho porque mi cerebro lo registraba como “que no cunda el pánico”. El Chapulín era de los míos.

 

 

Para aquel entonces no existía la palabra dislexia, se le llamaba falta de atención y se corregía a punta de escarmientos (aunque yo tuve suerte de tener a unos padres muy pacientes) Así llegó mi 5to año, hice una tesis maravillosa repleta de errores ortográficos. Conocí Word, su corrector y la herramienta de sinónimos, así gané confianza para escribir. Escribiendo me podía comunicar mejor (paradójicamente) porque podía tomarme mucho tiempo, podía equivocarme y corregir, además buscar ayudas externas para embellecer mi trabajo. Entonces me enamoré del lenguaje. Un amor tortuoso que me daba alas y al mismo tiempo me hacía sufrir.

 

 

Llegué entonces a la universidad queriendo estudiar Comunicación Social como el 90% de la población adolescente de mi época. No obtuve el cupo por falta de índice y terminé estudiando Educación con la promesa de cambiarme al cabo de ese primer año y de 12 materias, tener equivalencia en 7.  Éramos 90 personas estudiando Ciencias Pedagógicas y al año siguiente quedábamos menos de 40. Sí, me quedé en educación, decidí no pedir el cambio.  Una de las cosas que me atrapó en la carrera fue que en mi primera clase de Estilo y Redacción, mi profesora Aída Noda nos hizo un dictado. Su primera instrucción fue que escucháramos atentamente, que no se trataba de hacerlo rápido, sino hacerlo bien. La seguí al pie de la letra. Hice un gran esfuerzo por escuchar, repetir y pronunciar, para luego escribir. Obtuve un 20, algo que en todos mis años de colegio nunca pude lograr en Castellano o en Literatura.  Esa misma mañana hablé con Aída y le expliqué mi historial. Ella también creía que era falta de atención pero me dijo que practicara y desarrollara mi memoria fotográfica, me invitó a leer pero no para hacer análisis o comprensiones, sino solo para recordar como estaba escrita una palabra.  En sus clases, a modo de complicidad, nos hacía muchas actividades en las que debíamos potenciar la vista y luego escribir. Así me descubrí “fotografíando palabras” (pero era lo único, en lo demás todos los detalles se me perdían).

 

 

Ya en 2do o 3er año, la verdad no recuerdo bien, en mi camino apareció mi profesora Conchita (QEPD), fue ella quien con mucho empeño y paciencia un día se sentó conmigo, me  hizo una serie de ejercicios y me dijo: <<niña, ¿nunca te dijeron que eres disléxica? Si vas a un logopeda confirmará lo que te digo>> A esa altura de mi vida y de mi preparación profesional escuché por primera vez esa palabra pero nunca fui a un logopeda.  Conchita fue muy especial, no solo por el nivel profesional y profesionalismo que tenía, sino por su don de gente.  De ella recuerdo siempre una programación positiva, con regularidad me decía mis fortalezas y tenía una estrategia para atacar mis debilidades. Ella fue un camino claro y despejado en mi constante tropezar.

 

 

Cuando hice consciente todo, cuando comprendí que no tenía nada de qué avergonzarme sino ocuparme, fue cuando superé mis mayores obstáculos: la lectura y la ortografía. Hoy en día me gusta leer (de forma selectiva) y presumo de tener una ortografía casi impecable. Sigo hablando un poco atolondrada, mis alumnos están acostumbrados a escucharme mezclando expresiones y palabras, invirtiendo u omitiendo algunas letras en el pizarrón… pero esa espada de Damocles, aunque sigue pendiendo, ya la tengo empuñada.

 

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